EL TRAMO FINAL *
Por: William Tamayo Ángeles
Para: Antuco Figueroa
Como tantas otras veces, nos detenemos en la meseta donde
está emplazada la laguna de Conococha (a 4050
msnm) tratando de reconocer en la
lejanía los picos del Huascarán y ver
nuevamente el nacimiento del río Santa, hilo de agua inicialmente al que Javier
Heraud le dio voz propia en un poema memorable:
Yo soy un río,/ voy bajando por/ las
piedras anchas,/ voy bajando por/ las rocas duras,/ por el sendero/ dibujado por
el viento...Los niños se me acercan de día,/ y/ de noche trémulos amantes/
apoyan sus ojos en los míos,/ y hunden sus brazos/ en la oscura claridad/ de mis
aguas fantasmales…

Cuesta abajo celebramos poco después el encuentro esperado: el
Callejón de Huaylas, nuestro cálido valle que se extiende por
En cada recodo del camino nos esperan ríos y riachuelos que discurren hacia el
Santa, hacedor del valle, y en Recuay las callecitas angostas y los techos
colorados que forman parte de su belleza inconfundible.
Nuevas imágenes se sobreponen al contemplar Huaraz, cada vez con menos espejos
del pasado. Sus antiguos barrios han cedido espacio a una nueva urbe en la que
propios y extraños dan la impresión de estar sólo de paso.
Carhuaz
conserva su fisonomía y está rodeado de bosquecillos de eucaliptos donde uno
puede adormilarse escuchando los rumores de la tarde. Pero lo mejor es llegar en
septiembre para disfrutar sus festividades.
El resto del camino no se parece a ningún otro y es parte entrañable de nuestros
recuerdos. Mancos se alista para la
fiesta tradicional y Ranrahirca, que no deja de florecer pese a crueles
avalanchas de nieve y piedra sobre sus calles, nos sigue seduciendo con su dulce
melancolía.
En Shupluy, es cuestión de acercarse a las orillas del río Santa para encontrar
Qué lejos y tan cerca están Yanama, reservado a quienes atraviesan el abra de
Llanguanco y no cejan en su afán de belleza, y Quillo, en la ruta de los sueños
de quienes parten para hacerlos realidad atravesando la costa ancashina.
En el tramo final, cuando el río y el camino se alejan por última vez, rodeados
de un paisaje deslumbrante, enfrentamos la desoladora ausencia de Yungay,
nuestra ciudad dormida bajo el árbol de la memoria. No es posible evitar
entonces una nostalgia abrumadora por todo aquello que fue y no pudo seguir
siendo desde la tarde del 31 de mayo de 1970.
El ayer vuelve desde lejos como una melodía que gira entre nosotros.
Recordar -asumo que está en nuestros ojos- es también volver.
* Esta breve crónica fue publicada originalmente en el diario La Primera
(27/05/10).