AMADEO “AMACHO” MOLINA ROJO

 

(Extracto de la obra “Acuarelas de Mayo” del historiador pallasquino Dr. Julio Olivera Ore, 2007)

 

El "Homero" de Yungay, el ciego más querido del lugar. Una poderosa sensibilidad de orientación natural suplía su visión y sin tanteos garbeaba por veredas y plazuelas. Presentía la belleza de las damas y podía distinguirlas de entre la multitud. Su estro artístico detectaba a lejos la melodía de un astro nuevo en el horizonte y se aprestaba a componer una romanza o una tonadilla para que en las noches de serenata recalara en su solar.

 

Tañía y cincelaba el ritmo con tal fervor y veneración que daba la sensación plástica, de que del eco de la melodía iba a surgir nítida la imagen de la mujer amada. El tiempo y el movimiento en sus manos eran como la arcilla en que modelar; y el ritmo, es decir la sintaxis de la música era el vaso de cristal de la melodía donde se bebe el acorde de alguna fragancia o el filtro de una íntima cadencia.

 

Allá en el mundo de la oscuridad, aquel ciego creó una morada edénica con todas las joyas de su fantasía. Nacido en una primavera de 1918, el 18 de setiembre, su nombre fué Amadeo Molina Rojo, alumno del Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo.  Director de la Orquesta “Sol de Oro” de Yungay, extraordinario compositor con sus temas en ritmo de Huayno: “El Paria”, “Quizás quizás”, “Oro Fino”, ”Ave sin Nido”, “Vueve a mi” , “Para todos hay mañana", "Escorsonera" …, y tambien en otros ritmos tales como “Llegó Rafael” y “La última Huella”(Pasodoble), “Llanto del Indio" o “El Inca en Yungay” (Danza Camel), "Serenata de Amor" (Vals), Yungaina (Marinera)…

 

Y tuvo así un palacio principesco con salones de laca y torres de marfil. Allí encontró un jardín maravilloso, todo de nácar y cristal. Su mirada interior se embelesaba en la contemplación del lujo y la riqueza que ostentaban las creaciones de su mente. Por demás estaba compensado de estar privado de contemplar la naturaleza exterior. Había escuchado la descripción de la belleza del paisaje nativo y con ello construyó en sus breñales y jardines interiores nevados fulgidos y lagos lácteos donde las alboradas del amanecer llenaban de púrpura los celajes y navegaban su sueño los cisnes enamorados. Desde allí comenzó aquella lucha con las tinieblas que no terminaría sino en un duelo con el "aluvión" y el sismo aleve que lo cogió por traición.

 

En su mocedad cuantas veces había ascendido al "Huascaran" y captado el fragor del trueno y la hecatombe de los glaciales.  Aquellas resonancias cósmicas ingresaron en las melodías de sus partituras. Y en los jardines lograba escuchar no solo el diálogo de los zorzales, sino el coloquio de las flores. De allí era donde le venía el fausto de la ópera y las angelicales composiciones de las gavotas y melodías pastorales.  Insigne cantor de aquellas epopeyas de heroísmo y hazañas portentosas que gestaron los príncipes legendarios Apu Hualcanacuy de Huarca y Atun Osco de Calla Jirca, por la real y bellísima ñusta Quespi Orpe de Llanganuco.  Payador de mitos y leyendas, en sus canciones vernaculares las cabezas voladoras de Kgekge cobran tal vivencia que consterna y deslumbra. Cantó al Huascarán mas como quien canta al genio creador de la belleza o como quien lauda a las musas del arte. Cantó a Miss Annie Peck que escaló el Huascaran en una cruzada lírica de ascensión y altura. Cantó a Maria Josefa como quien canta un poema de amor. Cantó a la Beatita Eudomilia con la gracia celestial de las excelsitudes de la caridad.

 

Amacho cantó a las almibaradas mujeres de la alta sociedad local, y mejor a la musa popular, la primaveral belleza campesina que sustentó por mucho tiempo la inspiración romántica del bardo. Maestro de coro de voz baritona, tenía las impostaciones originales que penetraban al corazón y uncían a las almas al pie del altar. La música religiosa se engalanó con los recursos de este artista. Discípulo del maestro Víctor Cordero, logró hermanar el arte con la inspiración y su estilo barroco en la ejecución que daba a los motivos litúrgicos: un dramatismo emocional de áureas y celestiales resonancias.

 

Tomó de Palestrina aquel su estilo de declamación en acorde y canto con acento apasionado el Santus de Benedictum y el Agnus Dei y con entusiasmos de iniciado, el Aleluya, el Quirie y el Gloria.  Ingresó por el estilo antifónico y alternó el canto con las voces de los fieles en el que se apoyaba para elevarse a la mansión celestial como en el eco de una melodía. Aquella voz fragorosa y magnética penetraba en el Templo Santo Domingo impregnado del aroma de los inciensos y del perfume de las flores. Trepaba por los altares platerescos, por las columnas revestidas de pan de oro, se anidaba en las bóvedas artesanadas y luego en aquellas vorágines del ritmo alguna que otra cadencia había tocado el alma de la feligresía exaltándolos y haciéndolos estremecer. Y en esta altura se valía de los recursos de Sebastián Back, su otro maestro, aderezando el canto con refinado colorido y acometiendo el tema musical con más frenesí, haciendo aflorar el llanto de las almas compungidas, obligando al celebrante, poner atajo a la avalancha de las melodías.

 

La música de cámara floreció también con los madrigales y villancicos de Amacho. Y con las celebridades románticas de la música cortesana, recorrió los orfeones del parnaso yungayno.  Mozart, le dio motivos para piropear con galanura, Haydn le ayudó a requebrar en los salones con donosura en donde la melodía como si fuera el aroma de un filtro mágico rendía a los corazones poniéndolos al borde de la zozobra y del desmayo, por éxtasis. Así como en el Coro de la Virgen del Rosario tenía un ramillete de doncellas que endulzaban con su voz angelical el concierto litúrgico, así en la música de cámara, tenía un conjunto de renombre como Arnaldo Ramos, tañador, sortílego y hechicero de la mandolina, Tobías Ramírez, violehuista, vernacular y cafetinero, el maestro Rondón y los hermanos Tolentino pulquerrimos violinistas. En manos de Amacho la guitarra cobraba arrebatos gloriosos. Sus dedos como bandadas de libélulas recorrían los trastes del instrumento con tal maestría que brotaba la melodía leve como un rumor de arroyuelos y agitada como el tronar de una tormenta.

 

En las noches de serenata la música de Amacho se enardecía y las cadencias se iban cargando cada vez más con la sensibilidad de la fiesta y la vena picaresca de aquel legendario y ciego trovador. Y como contagiadas de la melodía, las parejas, transidas caían en los brazos del amor, mientras que Amacho ufano y triunfante orquestaba en la partitura la música de los besos que estallaban en el alma. Había aprendido esgrima musical de aquel celebrísimo maestro Víctor Cordero Gonzáles, maestro legendario de parrandas, espadachín invulnerable del ritmo, versiculario jocundo de la poética juglar, varón de alcurnia blasonada y el mejor bohemio de aquellos tiempos. No tuvo rivales, sus proezas osadas y aventuras lo consagraron como el monarca de juerguistas. Su fama pareja a su coraje.

 

Amacho hacía explotar la cadencia como si fueran obuses o relámpagos y hacía crujir el ritmo como lanzas fluorescentes y las frases de la canción habrían campos de batalla, con fina incisión irónica que hacía vacilar la paciencia del contendor.  Mister Flaco" era adepto de sus pléyades de cupleteros y jacaranderos de Caraz, un público de aficionados al folclore vernacular era el auditorio del escenario donde se libraban las contiendas de un florilegio arabesco. Amacho Molina era erudito en la música vernacular, mejor rapsoda y prosador elocuente, alistado desde su niñez por maestros de música clásica y por conjuntos de la parranda local. Con un oído agudo en el sonido y una intuición extraordinaria de invidente, era el portaestandarte del arte musical.  Era también pintor y colorista, licuaba el color en el sonido. En el arpegio de las liras y violines tenía el tono azul indigo para difuminar cielos especulares.

 

Amacho tuvo también la angustia y el tormento de los celos que hace grandiosa la pasión pero infortunado el destino. Nadie como el amó y sufrió. Amó la belleza que no vio y la amó con pasión y delirio; pero amó el cariño de la mujer que se le acercó mas como un perfume que como un aroma. Por eso amó más. Por amar esencias. Sufrió la frustración visual, el desencanto de sus ensueños, la tristeza de no ver la realidad ni la hermosura de la naturaleza. En torno suyo se escuchaba la soledad, pese a su emoción social. Se dio en el, el sentido de lo abstracto en toda su amarga dureza: el pleno vigor de su vitalidad estuvo desarraigado y negado de la facultad de ver. Por fuerza su tristeza tenía que ser más honda y su sentido de rebelión más tenaz. Aquel ciego tuvo en el olor un lenguaje de vibraciones musicales con aquellos sus siete espectros básicos, que le servía para identificar y hasta para conocer estados síquicos. Nadie como el había decantado la sensibilidad al sonido y al olfato.

 

El Alud, acabó con su ceguera y sus ojos impolutos se abrieron para mirar la mansión de la eternidad. Se fué ufano y apolíneo a tentar fortuna en el cielo, pronto a laudar sus endechas a los ángeles y querubines. Se fue llevando en las manos manojos de arpegios y en la boca las campanas sonando a ángelus y alabados.  Y para abatir el orgullo del sismo, Amacho vive resurrecto, en la música sacra de los altares, en el arrullo de los amantes y en el oro poético del recuerdo.

 

Correo electrónico del Dr. Julio Olivera Ore: Pejro@aol.com

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